domingo, 25 de abril de 2010
La Humildad una Gran virtud
LA HUMILDAD
La humildad que no cuidáis es fundamental para que podáis fomentar las luces del alma. Las luces de vuestras mentes y las luces de vuestras almas no siempre van paralelas. Tenéis que aprender a distinguir qué es de Dios y qué es del mundo, porque os agobiáis y vuestra fortaleza se debilita. Cuando se está con Dios, cuando se está con Jesús de lleno, esa fortaleza está viva siempre. Cuando la fortaleza a Jesús desaparece, cuando a Jesús dejáis de lado quedáis vacíos y sin protección y viene el llanto y vienen las dudas y viene la desconfianza y viene la impaciencia. (29.7.96)
Todo da vueltas alrededor de las mismas miserias siempre, de vuestro egoísmo y vuestra soberbia, en definitiva de vuestra falta de humildad. Humildad que como sabéis es imprescindible para llegar a conocer a Dios. Humildad que cuidando en vuestro corazón os permitiría alcanzar esos estados que ahora veis imposibles de alegría continua, de confianza permanente en Dios. Los problemas no van a desaparecer hijos míos, porque Dios así lo ha dispuesto; dificultades habrán siempre, pero esas dificultades son para que superéis esa naturaleza humana apoyándoos en la espiritual y ganéis los retos que continuamente encontráis en el camino. Esos retos pueden ser muy, muy sencillos, vencer el mal humor para alegrar a un hermano que padece, vencer esos celos que nacen para alabar una obra bien hecha de un compañero, vencer la rabia y la soberbia para callar cuando hay que callar. (13.3.96)
La humildad, la humildad es la clave para el perdón sincero. Cuando no se es humilde jamás se puede perdonar de corazón a ningún hermano porque si no se es humilde el recuerdo viene una y otra vez; y uno dice perdonar y lo que hace realmente es volverse indiferente hacia esa persona, cuando lo que pide Dios es que pidáis por vuestros hermanos y por sus errores para que Él mismo los perdone. (13.3.96)
Las pruebas que Dios os pone en vuestro caminar día tras día sólo se pueden superar cuando la humildad prevalece. Cuando afirmáis que no podéis superar algunas pruebas, estáis fallando en humildad. Lo grave es que lo sabéis, sabéis que la humildad os falla, pero no hacéis por recuperar esa sencillez del corazón; os mantenéis en vuestras posiciones de orgullo, de soberbia, de enfados, de dudas, y las pruebas no son superadas. Qué es este caminar sino una limpieza para que Dios os pueda recoger en otro estado. Las pruebas que no se superan vuelven a aparecer en el camino una y otra vez. (5.2.98)
El saber perdonar llena de humildad el corazón. Y como ya os he dicho tantas veces, de la humildad se alimentan todas las demás virtudes, todos los dones de la humildad se engrandecen. (5.2.98)
La humildad, la humildad, la humildad, no descuidéis la humildad que es la base de todas las virtudes. Es la humildad la que abre el entendimiento, es la humildad la que os permitirá confiar en Dios ciegamente. Sois capaces de muchas cosas, de todo lo que queráis si Dios está a vuestro lado, pero si Dios no está a vuestro lado no sois capaces de nada. Dios en primer lugar, Dios en Jesús en primer lugar y después todo lo demás, todo lo demás. Ese desorden es lo que provoca en vuestro corazón tanta angustia, tanta tristeza, enloquecéis porque queréis. Porque si Jesús fuera vuestra primera preocupación lo demás se ordenaba, lo demás tomaría importancia muy relativa en vuestra vida, y los desaires dolerían menos, y las dudas de amores no os harían enloquecer. Que Jesús ocupe el primer lugar es la solución de los problemas, y a poco que lo habéis probado, habéis notado su efectividad, ¿por qué no os mantenéis entonces en ese intento continuo?
Vuestra mente abierta, abierta, y en la humildad abierta, porque la humildad hará que entendáis muchas cosas que ahora no entendéis. Y os sorprenderéis de la lucidez que Dios os dará en esa humildad si la cuidáis, y entonces aprenderéis a disculpar a los demás, aprenderéis a callar, y aprenderéis sobretodo a controlar esa soberbia que nace instantáneamente en el corazón ante un desaire de un hermano. (11.11.99)
No dejéis que el orgullo y la soberbia impere en vuestra vida, no os quiero con una humildad falsa, os quiero con una humildad verdadera. Ser humilde no significa aceptar que lo demás es bueno y lo vuestro no, ser humilde es aceptar que los demás no te acepten. Ser humildes es realmente avivar la fe que Dios puso en vuestros corazones, la humildad aviva la fe y abre el entendimiento, y es tan sencillo para el mal colarse por la soberbia… (17.2.2000)
Sólo en la humildad Dios dará luces y vuestro entendimiento se abrirá lo suficiente como para serenaros. Sólo en la humildad se acata la voluntad de Dios. Y vuestra infelicidad, y vuestra tristeza, y vuestras preocupaciones se fundamentan todas en lo mismo, no confiáis en Dios vuestro Padre, y como no confiáis no acatáis su voluntad como lo mejor para vuestras vidas. Dios no se equivoca, Dios permite lo que permite para el avance de las almas aunque no lo entendáis. Tenéis que hacer un esfuerzo para que ese vuestro corazón lleno de soberbia se limpie; la soberbia os ciega, vuestro yo prevalece y por eso Dios está empequeñecido en vuestra vida. (17.2.2000)
Opinad, sed libres para hablar, pero sobretodo sed libres para aprender, porque la humildad es la base de todas las virtudes que necesitáis para que ese alma se abra y definitivamente se limpie. Humildad para recoger de los demás, de todos y cada uno, para aprender, porque tenéis mucho que aprender, tenéis mucho que cambiar, pero también tenéis mucho que recibir aún. Abrid ese corazón para que no perdáis todo aquello que recibís. (28.9.2000)
La humildad la necesitáis para que lo que recogéis no se pierda, y sabéis lo fácil que es levantar la cabeza orgullosa y rechazar todo lo que de Dios viene porque lo hacéis también muchas veces y con muchas frecuencias, frecuencias distintas, los que entienden, entienden lo que estoy diciendo. (26.10.2000)
Y la humildad es la virtud que debéis cuidar por encima de cualquiera, porque sobre ella se asientan las demás virtudes. Os insisto, y volveré a hacerlo en las ocasiones que Dios me dé, debéis cuidar la humildad sobremanera. La humildad descuidada está produciendo en vuestros corazones ataques de egoísmos, ataques de soberbia, ataques de descuido, ataques de indiferencia, ataques, en definitiva, de exigencia descuidada. Aprovechad estos mensajes y estas ayudas; aprovechad este recordatorio de los mandamientos para avanzar. (14.12.2000)
Confia en Ti y Contacta con la gente correcta
Confía en Ti y Conectate con la Gente Correcta
Es importante a través del aprendizaje Ganar paso a paso La Confianza en ti mismo y Conectar con la Gente Correcta.
La Gente Tóxica
La gente Tóxica
1.-Mete culpas
2.-Envidioso
3.-Descalificador
4.-Agresivo verbal
5.-Falso
6.-Mentiroso
7.-Fabulador
8.-Psicopata
9.-Mediocre
10.-Chismoso
11.-Autoritario
12.-Manipulador
13.-Neurotico
14.-Orgulloso
15.-Quejoso
Gente Tóxica: Bernardo Stamateas
SINOPSIS.
Este libro tiene como objetivo describir las distintas personalidades tóxicas más frecuentes con las cuales convivimos a diario en los diferentes medios en los que nos movemos (el ambiente laboral, la familia, las instituciones, los amigos) y lo que nos causan dichas toxicidades, es decir sus efectos y sus consecuencias. Nos brinda información para saber qué ahcer y cómo hacer para ser libre de todas ellas y de todas estas personas que a diario tratan de enfermarnos la vida.
mentirosos, arrogantes, dañinos, manipuladores.
¿Qué son las personas tóxicas y cómo enfrentarse a ellas?
Las palabras motivan o hieren profundamente, los seres humanos somos increíblemente frágiles, emocionalmente somos tan delicados que las palabras tienen el gran poder de perfilar nuestras vidas.
Aquellas personas que descargan comentarios negativos que nos hieren, las podríamos llamar "Gente Tóxica", y puede ser cualquiera: un amigo, un hermano, un jefe, tu mamá o tu papá, e incluso nuestra pareja. Sus comentarios sabotean de alguna manera nuestros esfuerzos por llevar una vida feliz y productiva. Una persona puede ser tóxica para alguien y no serlo para los demás.
A todos nos gusta ganarnos el respeto, la aceptación, el reconocimiento de los demás y escuchar palabras de aliento. Tristemente, no siempre es así, no falta la persona tóxica. Reconocer a una persona tóxica y saber qué hacer si nos topamos con ella, es de gran ayuda ¿Cómo identificarla?.
1 ¿Te ponés de mal humor o te sientes menos después de charlar con ella?
2 ¿Te sentís poco atractivo(a) estando con esta persona?
3 ¿Te ignora?
4 ¿Te provoca dolor de cabeza, te tensa y sentís alivio cuando se va?
5 ¿Al hablarle tartamudeas o cambia de expresión tu cara?
Si contestaste "si", te podrás dar cuenta de que estas personas cambian nuestro comportamiento y nuestros sentimientos. Una persona con baja autoestima hará cuanto pueda por sabotear las relaciones o para sentirse importante, la raíz en la mayoría de los casos son los celos y se actúa de manera irracional. A la gente tóxica le molesta cuando otro tiene éxito, cuando es atractivo, popular, simpático, culto, etc.
Vivir por darle gusto a todo el mundo, es imposible, así como sacrificar ciertas cosas sólo para ser "aprobados". Lo que tenemos que hacer es amarnos y aceptarnos y comprender que para alguien siempre seremos una amenaza a su seguridad y sin una razón específica. Dice un dicho: "No sé cuál es la clave del éxito: pero la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo".
Hay varios tipos de "tóxicos":
El que a todo mundo recorta
El del Club de la Lágrima Permanente
El mosca muerta
El chismoso
El que disfruta difundir malas noticias
El machista
El sabelotodo
El metiche
El que se cree simpático
El que mira por el hombro de los demás...
Hay que evitar el contacto con la gente tóxica, pero cuando esto no sea posible, respira hondo y trata de comprenderla: Es probable que no tenga suficiente amor en su vida.
Intentemos convertir el coraje en fortaleza interna y mantener el control mientras recibimos el comentario o la actitud negativa, pensemos que ésta puede ser una reacción al dolor, al vacío, a la soledad.
Por último algo muy importante, debemos analizarnos profunda y honestamente, ver si acaso...
¡No somos nosotros mismos los "personajes tóxicos" !
Bernardo Stamateas: Gente Tóxica
El psicólogo argentino Bernardo Stamateas los califica como 'Gente Tóxica' y así titula su libro en el que describe trece categorías de estas personas, quienes potencian nuestras debilidades.
¿Cómo llamar quienes se nos aparecen en la vida con comentarios subidos de tono, comportamientos fuera de lugar y actitudes agresivas? Esos que tras unos pocos minutos de conversación nos deja agotados, abrumados y sin buena energía.
Algunos los llaman impertinentes; otros, insoportables o desagradables, mientras que para muchos son detestables. Stamateas dice que nos llenan de culpas, nos chupan la energía y la vitalidad.
Desaparecerlas no solo es imposible -dice el experto-, sino que no es la solución. Es más inteligente tener el control y aprender a manejarlas.
La psicóloga colombiana María Elena López coincide con esa apreciación y asegura que personas con estas características hay por todos lados y que hay que saber llevarlas. "Lo primero es identificar qué tipo de actitudes nos hacen sentir agredidos o manipulados y actuar ante ellos de manera acertiva", explica.
Stamateas además de describir a los 13 tóxicos -el mete culpas, el envidioso, el descalificador, el agresivo verbal, el falso, el psicópata, el mediocre, el chismoso, el jefe autoritario, el neurótico, el manipulador, el orgulloso y el quejoso- explica las consecuencias y efectos de dicha toxicidad y ayuda a saber qué y cómo hacer para librarnos de ellas. Estos son los más populares:
1. El mete-culpas
La culpa es uno de los sentimientos más negativos que puede tener el ser humano y una de las maneras más
utilizadas para manipular a los otros. Nos paraliza, nos impide desarrollar nuestro potencial; es venganza, bronca y
boicot contra uno mismo. "¿Con
todo lo que yo he hecho por ti y me pagas así?" y "No creo merecer que me hayas dicho eso, yo siempre estoy ahí
para ti", son sus frases típicas.
Todos tienen el derecho a ser felices con sus defectos y cualidades. Hay que limpiar el polvo de los zapatos y seguir
adelante. La clave es vivir con convicción, que es la que permite modificar, rever y cambiar lo necesario para ser mejor.
2. El envidioso
Envidiar es una emoción que no solo implica anhelar lo que otro tiene, sino querer estar pasando por la misma
circunstancia. Nos pone en un plano de continua insatisfacción y de queja permanente y nos hace estar
comparándonos. "Lo que yo digo no es para
criticarte", "Te lo digo, pero no para destruirte" y "Te lo digo por tu bien", son sus frases usuales.
Puede modificarse: si lo que despierta envidia son los kilos que perdió tu compañera de oficina y tú estuvieras segura
de que puedes bajarlo si te lo propones, ¿tendrías envidia de ella?
Es una emoción evitable mediante el trabajo para obtener triunfos a nivel personal, laboral y familiar.
3. El descalificador
"Excelente trabajo, lástima que lo entregaste tarde". Muchos desperdician su tiempo descalificando a lo que están a
su alrededor. Si se hace algo bueno, este tipo de persona criticará por hacerlo, si no se hace, por no hacerlo. Su
especialidad son los
dobles mensajes.
La idea es que la gente a su alrededor viva desconfiando, se sienta insegura y sea dependiente de sus palabras y
opiniones.
Al estar cerca de ellos hay que cuidar las emociones, ser libre o ignorar sus palabras. Deshacerse de los que se tiene
a su alrededor, ignorarlos y seguir adelante.
4. El chismoso
Los chismes son destructores de vidas, de trabajo, de vecindarios. Todos los rumores en algún momento mueren,
pero mientras eso sucede pueden mortificar muchas vidas. Hay que ponerles límites y no permitir que hagan estragos.
Frente a ellos hay que
tomar actitudes positivas que nos permitan desintoxicarnos.
"¿Supiste que fulanita y fulanito tienen un enredo?", es una de sus frases clásicas.
Una manera de evitar que prosperen es dar información exacta y tratar de que llegue a todo el mundo. Hay que
cosechar, sembrar y no detenerse a escuchar los que otros tienen ganas de decir.
5. El quejoso
Si llueve se molestan, si sale el sol también, si los saludaron de mala gana se enojan, si lo hacen amablemente se
fastidian. El punto es que deben encontrar un motivo para pensar que el mundo está en su contra y que nadie es
capaz de entenderlos.
Miedos, inseguridades, inquietud, aflicción y dolor son sentimientos por los cuales atraviesan ellos. Son tóxicos para
sí mismos y para los que están a su alrededor.
El tiempo que se pierde quejándose podríamos aprovecharlo buscando soluciones y sacándole provecho a las
soluciones. Hay que revertir todo lo que esté al alcance y buscarle el lado bueno a cada circunstancia.
No se deje intoxicar
* Conéctese con la gente correcta, confíe en usted mismo.
* Tenga el control de sus emociones y decida quiénes quieren que lo acompañen.
* El propósito de la vida es personal y cada persona debe diseñarlo.
* No se amarre a los que no se alegran con sus éxitos.
* Libérese de las críticas y será libre en cada una de las palabras y acciones.
* No idealice a nadie.
* No se debe esperar nada de nadie.
Jorge Ballario y La Humildad
Creación: ¿soberbia o humildad?
Jorge A. Ballario *
Psikeba. Psicoanalisis, filosofia, psicologia, arte, posmodernidad
Algunos sostienen que realizar una obra literaria, o artística, es un “acto de soberbia”; podría considerárselo así, siempre y cuando tengamos en cuenta que dicho acto, es en realidad una “abstracción”, dado que por regla general, los trabajos de largo aliento, como las obras señaladas, están compuesto de una sucesión de actos “concretos” que pueden oscilar entre ambos extremos de la polaridad: “humildad/ soberbia” y difícilmente alguien pueda permanecer durante todo su proceso creativo y laboral, en solo uno de los polos, hasta que finalmente culmine su obra. Sin alternancia no habría creación. Concretamente, en la generalidad de los casos, existen múltiples actos parciales, y algunos de los mismos se hallan atravesados por conflictos e inseguridades y otros, por soberbia.
Sin correcciones no hay aprendizajes, y para que exista una disposición a percibir los propios errores, debe existir al menos una breve posición humilde en algún momento. Al menos ese o esos mini-actos de humildad, cumplen con la función de posibilitar el aprendizaje. Por lo tanto, en condiciones razonablemente normales, si no hubiese actos de humildad, no existiría la posibilidad de la corrección y del aprendizaje, por ende el autor no lograría la excelencia en su obra, es decir, el “abstracto” acto de soberbia.
En una persona dada, la soberbia puede confundirse con la euforia, con el optimismo, o con la autoestima alta, pero en realidad, ese voraz apetitito por sobresalir o destacarse, está más vinculado al vacío interior, o a cuestiones defensivas del afectado.
Habría que ver qué es primero, si el huevo o la gallina, si es en el estado de humildad donde surge la inspiración que transmutará el ánimo hasta su opuesto, o si es en este polo soberbio en donde se activa la creatividad. Probablemente, es en el interjuego de ambos polos en donde se despliegan los mecanismos de la creación. Obviamente que no todo se puede reducir a la mencionada polaridad, sino que hay además múltiples variables involucradas en esos mecanismos, preferentemente de la personalidad y de la identidad del involucrado.
Orgullo, modestia y apariencia
El filósofo español Fernando Savater, nos dice que en la soberbia “no se trata del orgullo de lo que tú eres, sino del menosprecio de lo que es el otro, el no reconocer a los semejantes. (…) Negar la humanidad de los demás, es también negar la humanidad de cada uno de nosotros, es negar nuestra propia humanidad. (…)
Siempre hay individuos dispuestos a una actitud servil, con quienes los soberbios encuentran un campo ideal para hacer todo tipo de desvalorizaciones del otro. En materia de autoestima y de búsqueda de la cima ante los demás, los soberbios siempre están a la cabeza. Pero sus caídas suelen transformarse en tragedias que no pueden superar en sus vidas. (…)
Pero, ¿cómo evitar caer en la soberbia? El remedio es muy simple, pero a veces duro de asumir: ser realista. También es cierto, que en el otro extremo el exceso de humildad te pone por debajo del realismo. Por lo tanto, el extremo desordenado de la humildad —la humillación— es tan malo como el de la soberbia. En definitiva la soberbia es debilidad y la humildad es fuerza. Porque al humilde le apoya todo el mundo, mientras que el soberbio está completamente solo, desfondado por su nada. Puede ser inteligente, pero no sabio.”[1]
Soberbios potenciales, tal vez somos casi todos, aunque la verdadera cuestión pasa más por mostrar o no esa fachada, esa máscara; no nos olvidemos que persona, etimológicamente, proviene de máscara, y que en el repertorio actoral básico de todos nosotros existen ambas opciones: mostrar u ocultar. Desde una perspectiva social el análisis es simple: tanto el soberbio como el humilde son quienes se muestran así. Esto que si bien podría dar, en la conducta humana, idea de hipocresía o de pura apariencia, en realidad es mucho más genuino de lo que aparenta ser. Hay algo auténtico, esencial y estructural en cada uno de nosotros que determina la predominancia –a veces relativa a ciertos ámbitos– de ocultar o mostrar determinados aspectos. Por lo tanto, poseemos una constitución histórica, significativa y dinámica, que configuró, pero que a la vez constantemente modela, nuestra personalidad e identidad, condicionando nuestras elecciones actuales. Entonces, el sentido común no se equivoca tanto al no tildar de soberbio a quien oculta o hasta disimula esa fachada, dado que –tal como vimos–, si un sujeto no se muestra habitualmente así, no lo es tanto. En síntesis, cuando a alguien se lo rotula como soberbio, generalmente se hace alusión a ese aspecto visible y por ende condenable que manifiesta. Aunque, el mero hecho de no mostrarlo no lo transforma automáticamente en humilde.
Me parece que un interesante ejemplo para ilustrar lo relatado, lo constituye el Papa (o los Papas), dado que por lo general son percibidos como personas humildes, pero al mismo tiempo podemos inferir que es casi imposible que alguien sin ambiciones personales, sin algo de soberbia, llegue a ocupar semejante puesto, convirtiéndose en el jefe supremo de la Iglesia católica, padre espiritual de todos sus fieles, y vicario de Cristo. Existe una paradoja tremenda aquí. Por un lado los candidatos tienen que ser personas ambiciosas, y además poseer un ferviente deseo en ese sentido, de lo contrario no podrán llegar nunca a la cúspide; sin embargo, no podemos dejar de considerar el voto de humildad que realizan. Para resolver el dilema podríamos conjeturar dos tiempos; el primero, antes de la nominación, en donde deben ser más competitivos, aunque siempre cuidando razonablemente las formas; y el segundo, posterior al nombramiento, en el cuál se relajan y ponen de manifiesto la “modestia” propia del cargo, dado que esta es una virtud que modera, templa y regla las acciones externas, conteniendo al hombre en los límites de su estado y conforme a sus conveniencias, reservándole sus características más enérgicas para las ocasiones privadas o públicas que así lo requieran.
Carencias y delirios
Las diversas tareas del hombre, forman parte de la labor humana, por eso dicen los estoicos: “Cuando te levantes cada día no pienses si vas a ser emperador, piensa: hoy debo cumplir bien mi tarea de hombre".
En la soberbia solemos hallar una cuestión defensiva, algo así como un “delirio de autorrealización”, que puede ser coherente y hasta brillante, y que suele estar acompañado por un intento de destrucción verbal de todo lo que amenace opacarlo. Esta fantasía discursiva es opuesta al “delirio de insignificancia” propio de la melancolía o la depresión. Todo delirio es siempre internamente defensivo o gozoso, más allá de la eventual objetividad externa de sus enunciados.
“Dime de que te jactas y te diré de que careces” reza un conocido refrán. Las críticas destructivas de un soberbio, serían equivalentes –en su inconsciente– a elogios dirigidos hacia esas cuestiones valoradas o deseadas, pero reprimidas. La soberbia, aunque sea una actitud, no deja de estar atravesada lingüísticamente. Una persona soberbia difícilmente admita no saber algo, y sabemos que si alguien no dice cada tanto “no se” es estadísticamente sospechoso”. El soberbio, al igual que el delirante, creen tener la certeza, pero en realidad poseen algo parecido a las demás personas: “una caricatura de lo real”, llamada realidad subjetiva, aunque eso sí, elevada de categoría, endiosada, y por tal motivo irrenunciable. El soberbio –si bien no necesariamente de manera conciente– a su delirio suele hacerlo pasar por la verdad, debido en primer lugar a su grado de convicción y firmeza en el relato, y en segundo, a la relatividad de la verdad. Sabemos que existe una especie de margen, en donde algo puede ser verdad o no, conforme a ciertos criterios, a su valor metafórico o al contexto, entre otros ítems.
Se podrían pensar al menos tres posibles consecuencias para el delirante: si su delirio es coherente y lo sabe instrumentar, podría concretar algún proyecto u objetivo; si su delirio es utópico le puede acarrear frustración; y si el mismo es peligroso puede impulsarlo a exponerse a severos riesgos.
Pensamiento sabio
Con la soberbia y la humildad pasa algo parecido a lo que ocurre con la ambivalencia de los sentimientos: amor / odio, aunque se los considera pertenecientes a distintas categorías, a la vez, se hallan en la misma senda, ubicándose en cada uno de sus respectivos extremos, la máxima intensidad de dichos afectos; por eso en determinadas circunstancias, y en ambas polaridades (amor–odio y humildad–soberbia), se puede pasar de una categoría a otra, de manera relativamente simple, pero involuntaria. Tomando un sujeto particular, podríamos decir –con fines ilustrativos– que en la medida que disminuya la intensidad de su soberbia, más allá de un teórico punto de inflexión (neutral), y de persistir la dirección del movimiento, la misma devendría progresivamente, en humildad.
Tal vez la soberbia es más antagonista de la sabiduría, que de la propia humildad, dado que al cerrarse el pensamiento en el delirio soberbio, no le da lugar al pensamiento sabio. Probablemente, es por esta razón que clásicamente se lo ubica más a éste, del lado de la humildad, o más precisamente de la modestia, por el hecho de que el sabio es en esencia alguien que alcanza a vislumbrar la pequeñez humana, frente a la vastedad del saber potencial, y es precisamente en este punto, donde se halla en las antípodas el soberbio. Además, potencialmente, las inseguridades conllevan el germen de la excelencia, dado que posibilitan relativizar la verdad, no sintiéndose dueño de la misma, sino, más bien alguien que trabaja en su búsqueda. Por lo tanto, el soberbio es alguien que altera su realidad, amén de que a su vez, su propia soberbia, al hacerlo sentir tan satisfecho consigo mismo, no le permite obtener lo propio de una posición más insegura, o de mayor carencia, aunque esta última posición, si es crónica también es mala, y no permite al afectado sentirse idóneo, ni con ganas, ni con la dignidad necesaria para los logros personales.
Entonces, y de cara a los fines creativos, cierta alternancia del sujeto entre la modestia y la soberbia es buena. Lo malo es vivenciar el extremo de la posición que se ocupa, o la inestabilidad emocional generada por los continuos cambios, o la perpetuación en uno de los polos.
Jorge Ballario
Psicólogo.
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