Humildad Jacobo

Busquemos la Verdad

viernes, 11 de junio de 2010

Los 7 Habitos de la Gente Altamente Eficaz Stephen Covey

1.-Ser Proactivos 2.-Actua Siempre con una Meta 3.-Pon Primero lo Primero: Ordena bien las Prioridades 4.-Busca relaciones Ganar, Ganar 5.-Primero entender.......luego ......ser entendido 6.-Conecta Sinergia 7.-Aprende o Afila la sierra

La Humildad a 11 de Junio de 2010

1.-Asumir la responsabilidad de tu vida 2.-Cuídate cada día parece fácil pero no.... 3.-Trabaja por tus Metas ... Actúa con objetivos 4.- Recuerda los libros esenciales 5.-Manten la calma 6.-Controla la Ira 7.-Camina 8.-Respira

Convertirse y Mejorarse

"Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse." Yo mismo buscaré a mis ovejas

martes, 1 de junio de 2010

La humildad de Reconocer la verdad

LA HUMILDAD DE RECONOCER LA VERDAD Uno de los grandes peligros de la condición humana es su supuesta autosuficiencia. Desde luego que no es un tema nuevo. Desde los orígenes del ser humano, ha existido la permanente inquietud por demostrarse a sí mismo no necesitar de ninguna dependencia… y, menos, de Dios. La propia historia del Pueblo de Israel está jalonada de pequeñas y grandes traiciones con esa Alianza que Yahvé estableció con Abraham. Profetas, jueces, reyes… se van sucediendo en esa tensión que supone ser sabedores de una predilección que ninguna otra nación de la tierra ha tenido (elegidos por Dios), y la búsqueda de seguridades amparadas en lo exclusivamente temporal. Se trata, en definitiva, de confianza. Fiarse de aquel de quien sabemos no nos va a engañar, y que busca sólo y exclusivamente nuestro bien. Ese fue, por ejemplo, el convencimiento de Abraham, al que llamamos nuestro padre en la fe, que le llevó a una entrega incondicional a esa llamada de Dios. Sin embargo, para este tipo de actitudes, es necesaria mucha humildad. Esta virtud no es una petición de renuncia a la propia personalidad, o imponerse restricciones psicológicas, sino entender y aceptar quiénes somos en realidad. Santa Teresa de Jesús decía: “Humildad es verdad… la verdad es saber quién es uno, y quién es Dios… Dios lo es todo, nosotros no somos nada sin Él”. “Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo”. Reconocer nuestras propias limitaciones no es ponernos en inferioridad de nada, ni de nadie. Simplemente es lo propio de nuestra condición humana. El Centurión del Evangelio de hoy, en la presencia de Cristo, advierte que hay algo grande en Él que le supera y le “vence”. Por eso se pone enteramente en sus manos: “Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. ¡Qué grande es el hombre cuando se manifiesta en él ese estar hecho a imagen y semejanza de su Creador! También la Virgen, cuando pidió a aquellos que servían el vino en el Banquete de Bodas que hicieran lo Él les dijera, manifestó hacia aquellos que la escuchaban de esa participación que poseía en la intimidad divina… Pues, cuando somos dóciles, entonces el Espíritu Santo actúa verdaderamente “a sus anchas”. Esas palabras del Centurión, desde hace siglos, las empleamos en la celebración de cada Eucaristía. Es como poner el sello de garantía a cada una de nuestras acciones, palabras y pensamientos. ¿Cuánto cambiarían nuestras apreciaciones, personales y ajenas, si reconociéramos la verdad, no como algo que hay que consensuar o trasladar al ámbito de lo opinable, sino que procede de Aquel que dijo que era esa Verdad, ese Camino y esa Vida?… ¡Fiémonos del Amor!, ya que nunca nos defraudará. María, Nuestra Madre, se fió, y Dios habitó entre nosotros, para hacerse de nuestra condición… Sólo la humildad es capaz de alcanzar semejante verdad.

Aceptar la Realidad

Aceptar la realidad Aprender a aceptar la realidad, los propios defectos, los errores del pasado y a las personas que nos rodean. Las cosas son como son y no como desearíamos que sean. Tenemos que partir de un visión objetiva de lo que nos rodea para intentar cambiar lo que no se adapta al plan de Dios. Aceptar los propios defectos, fallos y limitaciones: intentar mejorar, pero sin desasosiegos ni inseguridades. Esto no significa resignarse con tristeza ante los propios fallos, ni significa asumir que nuestros defectos son insuperables, sino intentar mejorar con sentido positivo, optimista, esperanzado. Lleva a evitar las continuas reflexiones existenciales, y a aceptar con humildad y esperanza los errores que hayamos cometido en el pasado, luchando contra cualquier sentimiento de rencor o venganza, contra los recuerdos de sucesos amargos y tristes, y las actitudes nostálgicas y melancólicas. Aceptar a los demás con sus virtudes y defectos. Esforzarse por comprenderlos tal como son, con caridad; sin que eso lleve a idealizarlos por falta de conocimiento. Eso no significa aprobar todo lo que hagan; pero llena a no recordarle a los que nos rodean sus defectos, fallos y limitaciones: vivir la corrección fraterna y la caridad de Jesucristo en las relaciones humanas. No darle a los defectos de los otros más importancia de la que tienen. Ser tolerantes con los fallos de los otros, ayudándoles a superarlos.

La Sencillez de Reconocer Nuestros Fallos y Limitaciones

Es importante ser capaz de reconocer la ignorancia. Es importante saber que hay mucho que no sabemos

Cultiva la Sencillez Interior y Exterior

Cultivar la sencillez interior y exterior La sencillez interior no es simplismo, sino ausencia de complicación, de esa complicación interior que suele proceder de darle vueltas a los problemas. Para cultivarla hay que esforzarse por quitar tensiones “no llevarse los problemas a casa”: dejar cada problema en su sitio. saber que pensamientos nos convienen y cuáles no. La sencillez exterior nace de la coherencia entre nuestra forma de pensar y de actuar Desechar la tentación, si se presenta, de “cultivar una imagen artificial” de nosotros mismos, de aparentar lo que no somos, buscando la aceptación y el agrado de los demás. Mostrarnos tal como somos, con naturalidad, sinceramente, con nuestras virtudes y defectos. Cultivar la seguridad en uno mismo, que nace de la confianza en Dios. No hacer –por caridad y prudencia— juicios precipitados y aventurados sobre personas y situaciones. Aprender a decir la verdad sin herir. No debemos decir lo contrario de lo que pensamos por temor a molestar, pero debemos aprender a decir lo que pensamos. Cultivar la moderación, evitando las reacciones desproporcionadas o extremistas y los juicios precipitados. Sencillez interior, sin caer en el egoísmo de pensar qué opinarán de mí los que me rodea. Procurar no“adivinar” intenciones en los demás: ser comprensivo, con una actitud de escucha y comprensión hacia los otros. Quitar la tentación de retraerse o inhibirse, por miedo a molestar a los demás o atraer sus críticas; en todo, en el trato social, en la acción evangelizadora, etc.